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jueves, 12 de septiembre de 2013

Catalunya, una independencia para los de abajo

Por Esther Vivas


Miles de persones salieron ayer a la calle en toda Catalunya, se calcula que un millón y medio, en una cadena humana que unió el país de norte a sur, en un recorrido de 400 km, por carreteras, plazas, puentes, calles…, para gritar alto y fuerte: “Independència!”. La Assamblea Nacional Catalana (ANC), los organizadores del acto, llevaban meses preparando una acción, que ha desbordado el marco político institucional. La gente, como se ha visto en declaraciones, fotografías, redes sociales…, ha sentido que escribía parte de nuestra historia colectiva.

Algunos dirán que si el peso del Gobierno catalán en la organización del evento, de si tal o cual partido. Los vínculos de CiU y ERC con la ANC son reales y, a menudo, más estrechos de lo que debieran. Pero esto no quita que la gran mayoría de quienes ayer participaron en La Via Catalana cap a la Independència lo hicieron porqué quieren decidir sobre el futuro de Catalunya, porqué la voz del pueblo catalán ha sido callada a golpe de sentencia del Tribunal Constitucional, y muchos son conscientes de que sin movilización social nada se va a conseguir.

Pero no sólo el grito de “Independència” se ha dejado oír a lo largo de la cadena, miles de personas han rodeado edificios emblemáticos como el Hospital Josep Trueta en Girona, la escuela Progrés y el instituto La Llauna en Badalona o La Caixa en Barcelona para exigir no sólo una “Catalunya lliure” sino una Catalunya libre, también, de ladrones, recortes, represión y deudas ilegítimas. Independencia sí! Pero independencia de todas las políticas que nos oprimen y nos empobrecen. La independencia no es una fórmula mágica que todo lo soluciona, como muchos intentan vender. Puede ser una cáscara vacía si no implica romper con las imposiciones del capital financiero y el pago de la deuda.

No se trata de cambiar el Sr. Mariano Rajoy por el Sr. Artur Mas ni el BBVA por La Caixa ni el caso Gürtel por el caso de las ITV ni el Sr. Amancio Ortega por el Sr. Antoni Brufau ni la policía nacional por los mossos de esquadra. No nos engañemos. No se recorta menos ni se desahucia menos ni se roba menos ni se precariza menos ni se reprime menos en catalán. La independencia tiene que ser una oportunidad para decidir sobre todo y para echar, definitivamente, a quienes nos han robado por encima de nuestras posibilidades. Una oportunidad para arrancar un verdadero proceso constituyente desde abajo, para discutir qué modelo de país y sociedad queremos. Un proceso que pueda ser utilizado, además, como palanca fuera de Catalunya para hundir al Régimen surgido de la Transición, dando lugar a otros procesos constituyentes en el resto del Estado.

El presidente Mas nos dice hoy que consulta sí, ayer que consulta no y que elecciones plebiscitarias sí, anteayer que consulta sí o sí y mañana… quién sabe qué dirá. Llevar la independencia y el derecho a decidir hasta sus últimas consecuencias implica  desobedecer a Leyes y a Constituciones injustas. Las mismas que combaten quienes ocupan pisos vacíos, bancos, escuelas, hospitales, supermercados y, también, quienes se niegan a pagar los peajes. La legalidad institucional se enfrenta a la legitimidad de la calle y a los derechos, inalienables, de los pueblos. Legalidad que los defensores de la “Ley y el orden” en Catalunya no están dispuestos a romper.

Hay tres elementos clave, a mi entender, si queremos avanzar hacia una independencia escrita por y para los de abajo. Primero, la independencia, el derecho a decidir, una consulta para el 2014, sólo será posible con la movilización social para mantener la presión sobre el gobierno catalán y español. La manifestación de ayer fue, precisamente, un paso en esta dirección. Miles de personas se hicieron oír, desbordando, parcialmente, la dinámica partidista e institucional. Segundo, una país inclusivo, de todos, sólo será posible si tenemos en cuenta a los silenciados, a los oprimidos, a los invisibles, a los nadies. No se trata de construir la Catalunya de los ganadores sino la de los perdedores, la de quienes sólo sufren recortes y reducción de derechos. La Catalunya de los inmigrantes, de los jóvenes, de los parados, de los sin techo, de las mujeres. La Catalunya de los que hablan catalán, pero también castellano, árabe, urdu… El gran reto es sumar a toda esta pluralidad, diferencia, en la Catalunya del mañana, esa República Catalana del 99%, tan soberana como amiga de los pueblos vecinos. Y tercero, que nadie se haga ilusiones, nunca seremos libres en manos de quien vende nuestro país al mejor postor, ya sean magnates del juego, bancos o mercados extranjeros. La independencia y la libertad  sólo serán posibles sin yugos políticos ni económicos. De nosotros depende.


*Artículo en Público, 12/09/2013.

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